sábado, 3 de abril de 2010

De tal astilla, tal palo

(Mujer frente al espejo: Picasso)



Por Kianny Antigua

¡Eres idéntica a tu madre! –Recuerdo que desde que tengo uso de razón me decían. Todos tenían razón, no sólo físicamente (que dicho sea de paso, somos exactas) sino en todos los sentidos.
Mi mamá y yo somos dos gotas de agua. Una misma silueta en cuerpos distintos. Su pelo rubio tostado por el sol; el mío amarillo, como ojos de gato. Su bocota ca­paz de levantar los más obscenos piropos; la mía capaz de abarcar la mayoría de las cosas mencionadas en los piropos. Los ojos de mi mami (sin ofender) son como dos cucarachas, grandes y marrones; los míos como dos almendras secas. Mami tiene unas caderas como sólo el Caribe bautiza; mi cuerpo, moldeado como escultura de Maillol, pero color caramelo (modestia aparte). En fin, físicamente, entre ella y yo, sólo hay quince años de diferencia.
En lo que a los otros aspectos se refiere, yo negaba las similitudes hasta hace poco. No me gustaba ni pensar que me parecía a una mujer que como ella no era casada y cada mes tenía un novio nuevo. Yo prefería estar en la casa de mi abuelo, en el campo, que en la ciudad con ella. Así fue durante nueve años. La visitaba frecuentemente hasta el día que la encontré toda amoratada debido a la golpiza que le había propinado su última adquisición. La dejé de ver por casi un año. Sólo la volví a visitar cuando estaba a punto de venirme a Nueva York. Estaba cansada del campo y decidí probar suerte. A mis dieciocho años de edad pisé El Bronx.
Nueva vida, nuevos problemas. Me tocó enfrentar el problema número uno que enfrentamos la mayoría de los inmigrantes que pisamos este país: el idioma. Es difícil buscar trabajo sin tener referencias y sin saber decir más que: “Hi, my name is Dayana. I need to work”, y que si por mano del diablo se le ocurría al supervisor preguntar lo que fuera, yo sólo respondía con una sonrisita de mos­quita muerta al no entender ni mierda. Gracias a Dios no fueron tantísimas las vergüenzas que pasé. Entré a una farmacia latina y aunque no estaban buscando emplea­das, le caí muy bien al señor que atendía, quien (luego me enteré) era el dueño del negocio. Conseguí trabajo, y como regalo de incentivo, además, me conseguí un ena­morado.
Rodolfo, así se llamaba el dueño de la farmacia y, des­pués de dos semanas, mi marido. Tenía cuarenta años, pero lucía de más edad debido a su forma de vida. Tra­bajaba de sol a sol, siete días a la semana, los 365 días del año. Era divorciado y sólo tenía una hija a quien nunca co­nocí porque vivía en California con su mamá. Rodolfo no era el más guapo de los hombres pero se enamoró de mí como ninguno de mis novios anteriores. Me llevó a vivir a su casa. Me prohibió trabajar; decía que primero debía prepararme, aprender inglés y luego ir a la universidad a hacerme alguien. Era muy aburrido para mí, acostum­brada a andar de bembé en bembé en cuanta parranda hicieran en el campo, de buenas a primeras encontrarme sola en una casa vacía todo el día. Con Rodolfo salía una vez al mes (si acaso) a cenar. Al principio, los días me los pasaba esperando las noches para verlo, pero después de cuatro meses su amor se volvió obsesivo y enfermizo. Me celaba hasta con su sombra. Me llamaba trece veces al día a la casa y veintiocho veces más al celular que me regaló. Pronto la relación se volvió un desastre ya que su inse­guridad le hizo perder los estribos varias veces y, claro, la que pagaba los platos rotos era yo. En varias ocasiones me pegó. Yo no podía soportar el tedio.
Un bellísimo día entro a la clase de inglés y me en­cuentro con que hay un alumno nuevo. Era un hermoso griego de ojos verdes que sólo hizo mirarme para com­pararme con Afrodita. Le encanté y me encantó. Tantos halagos y detalles, y yo con tanto tiempo para compartir, no podían quedar en el aire. Comenzamos a vernos pero tenía tan poco que ofrecerle al “sexo opuesto” que deci­dí tirar la toalla. Luego conocí a Alfredo, salí con Mario y casi me fugo con Steven. Muchas veces me pregunto por qué no lo hice. Creo que amaba a Rodolfo, pero en el momento de ver los muchachos, sólo recordaba los malos momentos con él: sus ojos de odio al levantar su brazo y derribarlo sobre mi cara y mi cuerpo. Esos recuerdos mataban cualquier rasgo de arrepentimiento que existie­ra en mí.
El día que cumplimos un año de “casados”, Rodolfo me dio una sorpresa. Trajo a mi madre. Casi me desplomo. Se suponía que mami se quedaría una sola semana en casa, pero su estadía se extendió por tiempo indefinido. Él lo hizo a propósito para vigilar mis andadas. Después de tres meses entre la espada y la pared no aguanté más. Mi mamá todo el día recibiendo “amiguitos” y para cuadrar, prohibiéndome salir. A Rodolfo todo le incomodaba: no te vistas así, con quién hablabas, tu mamá me dijo… has­ta la escuela de inglés me pidió que dejara. Sin tener ni idea de quién era mi madre, la anteponía siempre como un ejemplo a seguir. Me harté. Me fui de la casa.
Rodolfo me buscó en un par de ocasiones, pero yo no le hice caso. Quería olvidarme de él. Mami me decía que yo era una bandida, que cómo podía dejar a un hombra­zo como ése, que él no tenía consuelo y que se estaba mu­riendo por mí. Yo estaba muy confundida. Un lunes por la tarde fui a la casa a buscar ya no recuerdo qué, sabía que Rodolfo no estaba allá, lo de siempre, estaría trabajando. Pero me equivoqué. Mi mamá lo estaba consolando.

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