domingo, 9 de mayo de 2010

El pez de Ramón

(Théodore Géricault: Study of Hands and Feet)



Por Kianny Antigua




Lo vi por primera vez en una visita que le hice a su mamá. Ramón me tomó del brazo, me llevó a su cuarto y, con gran entusiasmo, me paró frente a su gran pecera.
— ¡Es un Arapaima y crece hasta más de cinco metros! —me dijo. Yo no le vi nada de especial. No era como los demás peces de colores que tenía en pequeñas peceras por toda la habitación. Me pareció un pez sin gracia alguna: gris, largo y bocón. Pero, contagiada por su algarabía, saqué mi celular y calculé cuántos son cinco metros en pies.
—¡Dieciséis pies! Son como tres personas como yo, —le dije en voz alarmada. El rió y continuó su presentación:
—Es el pez de agua dulce más grande que existe, vive en el Amazona y puede respirar como los seres humanos. ¡Es un pez prehistórico! —me explicó.
Yo, con los ojos de luna e impresionada hasta los tuétanos, le hice todas las preguntas que en el momento me vinieron a mi mente: ¿Cómo lo conseguiste? ¿Cuánto te costó? ¿Es legal? ¿Qué come? ¿A cuántos se come? ¿Cuántas veces al día? ¿Qué edad tiene? ¿Qué va a pasar cuando crezca?...
—Lo compré por ciento cincuenta dólares ―me respondió, ufano―. Creo que no es ilegal tenerlo de mascota. Come hasta veinticinco peces al día, que cuestan unos cinco dólares. Debe tener cerca de dos meses. Voy a comprar una pecera más grande, o tal vez decida venderlo. En dos años y dependiendo del tamaño, puede llegar a valer hasta dos mil dólares.
En ese momento su mamá entró a la habitación y lo interrumpió para añadir que cinco dólares diarios por dos años era más dinero perdido de lo que él pensaba ganarle a ese animal; sin tomar en cuenta que conforme el pez fuera creciendo, comería más. Ramón no se volteó a mirarla. Ella me llamó y me dio el recado que debía llevarle a mi abuela. Iba de salida cuando Ramón, casi gritando, me dijo que su Arapaima podía llegar a pesar hasta trescientos kilos.
Sonreí y le dije adiós. Luego, mientras bajaba las escaleras, me detuve a calcular cuánto son trescientos kilos en libras. “¡Pero ese animal se come una persona entera y se queda con hambre!”, pensé. Me alarmé.
Unos meses después, en el autobús, me encontré con Ramón. Me lo topé de frente y no lo reconocí. Si no fuera porque él me saludó y me recordó su nombre, hubiese seguido pensando que era un tecato cualquiera. Tenía abundante barba y se veía muy consumido y descuidado. Sin embargo, se notaba tranquilo. Me dijo que ya le había comprado una pecera de mayor tamaño a su Arapaima. Traté de imaginarme cuán grande podía ser. La pecera anterior ya era bastante grande. Le pregunté si aún tenía sus otros peces pero ya no le dio tiempo a responderme y, si lo hizo, no lo escuché.
Ya en casa, le comenté a mi abuela lo desaliñado y estrafalario que había encontrado a Ramón, y ella me dijo que era, quizás, porque su mamá estaba muy enferma. La señora llevaba semanas sin poder caminar por una afección en la espalda; —Ramón tiene hasta que bañarla—, comentó.

Me sentí tan mal que decidí visitarlos y darles la mano en lo que pudiera. Sólo podía imaginarme lo difícil que debía ser para él llevar el control de su casa. A pesar de que somos de la misma edad, Ramón no es muy astuto. Su mamá parece su abuela y siempre lo anda mangoneando. Nunca ha trabajado y nunca le he conocido una novia, ni he escuchado rumores de un novio. No sé, es raro el pobrecito de Ramón. De todos modos era qué sé yo, mi amigo y no podía dejarlo solo en estas circunstancias. Hice planes para ir a su casa en mi próximo día libre.
Al llegar, encontré su casa hecha una pocilga acuática. ¡Qué asco! En la sala y el comedor ya no cabían las peceras; sobre la mesa había siete, cada una con un día de la semana escrito en el cristal, llenas hasta la madre de peces de un color distinto al anterior. Ramón leyó en mis ojos mi asombro y me dijo que le gustaba variarle el postre a su Arapaima.
Entré al cuarto de su mamá y traté de organizárselo lo mejor posible. La señora lucía tan demacrada como su hijo. Le prometí que volvería y salí rápidamente de allí.
Al ver que me dirigía a la puerta, Ramón me agarró por los hombros y me guió hasta su cuarto.
—No puedes irte sin verlo —dijo sonriendo.
¡Oh no! La pecera era gigantesca. Casi salgo corriendo del espanto. El pez estaba más grande que yo. ¡Qué horror! Me dio la impresión de que me tragaría. Quise huir. Ramón me detuvo y me prometió que no me haría daño. Entonces ganó mi curiosidad. Asomé la cabeza para echarle un vistazo al resto de la habitación; había cambiado su cama King por un colchón inflable y todas sus cosas: ropa, televisor, antigua pecera grande..., estaban arrinconadas a un lado del cuarto. Luego de unos segundos, la sensación de que esa cosa me estaba mirando fue mayor que mi intriga. Salí de allí sin intenciones de regresar.
— ¿Supiste? —comentó mi abuela unos meses después ―. Se murió doña Marina.
— ¿Qué doña Marina?
—Mary, la mamá de tu amigo Ramón. Falleció la semana pasada y le están haciendo los nueve días.
Al oír la noticia creo que me alegré por la señora y le pedí a Dios que le diera descanso a su alma. Esa noche y por tres noches más mi abuela, yo y otras tres mujeres del barrio nos reunimos, como pudimos, en casa de Ramón. Las peceras seguían en su lugar, dispuestas por todos lados, y, aunque lo recomendamos, él no quiso que nadie le ayudara a recoger y mucho menos que guardáramos nada en el cuarto de la difunta.
—Lo estoy renovando —se limitó a decir.
Bajo su silencio se vislumbraba una profunda tristeza. Me quedé sentada a su lado todo el tiempo, pero sólo la última noche me dirigió la palabra.
—Si lo vieras ahora —me susurró ―, no lo creerías. Lo miré confusa y continuó ―Está más grande de lo que pensábamos. Estoy derrumbando la pared que divide el cuarto de mamá del mío para que tenga más espacio.
—Estás loco —le dije—. Vende ese animal y sal de este basurero.
Entonces Ramón me miró fijamente y su tristeza fue todavía más profunda.
—Pensé que tú me entendías.
—¿Entender qué, Ramón? Tu mamá se acaba de morir; tú no tienes trabajo, ¿cómo vas a conseguir dinero? ¿Cómo vas a vivir? ¿Cómo vas a mantener a ese monstruo que tienes en la habitación?
—¡Sal de mi casa! ¡Váyanse todos de mi casa!
Ramón comenzó a gritar y a golpear a todo el que se le acercaba. Ya fuera de su vista, algunas dijeron que la reacción del pobre Ramón era normal; otras, que se había vuelto loco de tristeza y soledad, pero todas me culparon por indiscreta y mala amiga.
Me sentí tan mal que deseé que su Arapaima me tragara. Me lo merecía. Todos tenían razón. ¿Quién era yo para juzgar a Ramón? ¿Quién era yo para decirle cómo vivir? Ni siquiera era su amiga. Ni siquiera supe entenderlo ni consolarlo.
Mi abuela se dio cuenta de lo triste que me había puesto y me aconsejó que le diera algunos días a Ramón para que se calmara y que luego fuera a pedirle perdón. Le dije que eso haría, pero la conciencia no me dejaba ni ser, ni estar.
Al siguiente día fui a su casa pero él no estaba. Lo llamé; lo esperé por algunos minutos y nada. El próximo día, igual. Pegaba el oído a la puerta y en ocasiones juraría haber oído un ruido adentro; luego pensaba que era su Arapaima nadando en su cuarto o devorando algún pez. La imagen me aturdía. Volví a mi casa. Pasaron dos semanas hasta que ya no pude más y comencé a tocar todas las puertas de los apartamentos del edificio buscando respuesta. Preguntaba si alguien lo había visto o sentido. Su teléfono ya no sonaba. La única información que recibí fue de la vecina del apartamento dos pisos debajo del suyo (el de abajo estaba vacío). Ella se quejaba de las goteras que desde hacía unos días no cesaban de caer, al principio en su habitación y luego en el resto del apartamento. Según ella, le había dado la queja al conserje del edificio pero éste se hacía de la vista gorda. Me alarmé aún más y, de su casa, llamamos a la policía.
Cuando llegaron, le dije al agente que yo era novia de Ramón, que nos habíamos peleado y que no sabía nada de él desde hacía dos semanas. El conserje, finalmente, tomó cartas en el asunto y, gracias a él, entramos al apartamento.
Al instante, la nausea nos asaltó. El conserje no aguantó el olor a cadáver. Antes de que los policías pudieran impedírmelo, corrí a la habitación de Ramón pero no pude abrir la puerta. Se hallaba clausurada con tablas y clavos. Entonces traté de abrir la puerta de la habitación de su madre y fue igual. O peor, porque además de las tablas, Ramón la había asegurado con una mesita y un par de sillas escalonadas. Mientras tanto los uniformados observaban, con aberración, las peceras llenas de agua sucia y peces muertos; en la cocina, esqueletos de espinas bullentes de moscas. Más peceras, más sangre, más repugnancia, más hedor y putrefacción.
De repente, la nausea, la preocupación y la culpa se apoderaron de mi vientre y vomité todo lo que llevaba dentro. Me tiré al piso de rodillas y sentí la alfombra mojada, mugrienta. Entonces me levanté y me dirigí hasta el armario para buscar con qué limpiarme. Cuando lo abrí, mi primer instinto fue gritar, pero no pude. Me quedé muda de los pies al firmamento. Sólo pude verlo. ¡Verlos! Ellos también me miraban. Ramón, sin reproche, sin amor, sin entusiasmo; su pez, sin agresión, sin miedo. Ramón se encontraba metido en una pecera. Aunque cabía perfectamente en aquel cubo de vidrio, tenía las piernas dobladas, rodeadas por sus brazos. Su pecera estaba sucia, sin agua (como la había visto aquel día en su cuarto) y de alguna forma la había añadido a la otra pecera, a la gigantesca, a la pecera de su Arapaima, la que ahora ocupaba ambas habitaciones, la que ahora era ambos cuartos. Ramón estaba allí mirándome, de espaldas a su pez. El pez de Ramón también me miraba.

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